Pompeya no es un conjunto de “ruinas bonitas” que se recorre tachando puntos en una lista. Es un registro calle por calle de una ciudad romana real, detenida en plena rutina, con pistas en los bordillos, los mostradores de las tiendas, los grafitis, los canales de drenaje y los umbrales de las puertas. Si aprendes a interpretar unos cuantos detalles básicos, el lugar deja de sentirse como un laberinto y empieza a parecer un barrio con normas, hábitos y señales claras de estatus. Esta guía se centra en cómo leer esas claves, además de una ruta práctica y una selección breve de paradas que de verdad merecen tu tiempo.
A fecha de 2026, Pompeya utiliza billetes nominales (personales), y conviene asumir que pueden pedirte un documento de identidad. La entrada se organiza por franja horaria, así que es mejor planificar la visita como “media mañana” o “media tarde”, en lugar de caminar sin un límite claro. En temporada alta, comprar con antelación no es un capricho: es la diferencia entre estar dentro a las 09:15 o empezar al mediodía, cuando las calles principales ya van llenas.
Los precios oficiales cambiaron el 12 de enero de 2026. El billete estándar para Pompeya cuesta 20 €, mientras que “Pompeii+” cuesta 25 € e incluye las villas suburbanas (entre ellas la Villa de los Misterios y la Villa Diomedes), además de Villa Regina y el Antiquarium de Boscoreale. También existe un billete de 3 días por 30 € y un abono de temporada (“My Pompeii Card”) por 45 €. Los menores de 18 años entran gratis, y los ciudadanos de la UE entre 18 y 25 años tienen una tarifa reducida de 2 €; el primer domingo de cada mes sigue siendo gratuito. Estos datos importan porque deben influir en tu ruta: si tienes Pompeii+, reserva tiempo de forma deliberada para la zona suburbana y no la dejes como “ya veremos”.
Las franjas horarias no son iguales todo el año. La normativa oficial distingue un periodo de invierno (15/10–15/03) en el que la segunda franja termina antes que en el periodo cálido (16/03–14/10). Además, existe un límite diario oficial de 20.000 admisiones, repartidas por franjas. Traducido a la práctica: si llegas tarde esperando comprar allí, te arriesgas a perder la visita, sobre todo entre primavera y principios de otoño.
El suelo de Pompeya es irregular, con escalones, huecos y piedra gastada que puede volverse resbaladiza cuando está pulida por miles de pisadas. Un calzado cómodo y con buen agarre no es un consejo “para novatos”; es una medida básica de seguridad. La normativa también deja claro que el visitante debe respetar los itinerarios señalizados y no improvisar atajos por zonas cerradas, aunque el mapa parezca sugerirlo.
Las normas de comportamiento son más estrictas de lo que muchos imaginan. Está prohibido tocar frescos, elementos y superficies, y también acercarse demasiado a componentes frágiles. El sonido rebota en calles estrechas y patios, así que no se permite hacer ruido ni usar audio a volumen alto. Si vas en grupo, hay un detalle importante: no se admiten grupos organizados de más de 35 personas, y para grupos de más de 15 es obligatorio un sistema de auriculares (whisper).
Otro punto práctico: el billete es personal e intransferible, y el Parque puede realizar controles durante la visita. Esto afecta a quien piense “repartirse” entradas, intercambiarlas a mitad de día o pasarlas a otra persona. Planifica la entrada como si fuera un embarque: llega con tu identificación, los datos del billete y la decisión tomada sobre qué puerta vas a usar.
La manera más rápida de que Pompeya tenga sentido es leerla por capas. Empieza por la capa de calle: las roderas en la piedra muestran por dónde pasaron los carros una y otra vez; los pasos de piedra (stepping stones) sugieren cómo cruzaban los peatones cuando el agua y los residuos corrían por los laterales. Los umbrales y la altura de los bordillos explican cómo se separaba el espacio privado de la vía pública y por qué algunas entradas son amplias y otras estrechas y funcionales.
Después viene la capa de servicios y agua. Fíjate en canales y pendientes: las calles están diseñadas para evacuar el agua lejos de zonas críticas, y las vías con más actividad suelen mostrar soluciones de drenaje más evidentes. Las termas son un atajo perfecto para entender higiene, costumbres sociales e ingeniería a la vez. Observa la secuencia de salas, las zonas de cambio y cómo la arquitectura controla el recorrido y la temperatura, más que “ofrecer un sitio para lavarse”.
La tercera capa es la del estatus dentro de las casas. Una entrada grande no siempre significa “la más importante”; lo decisivo es lo que ocurre después de la puerta. Atrios, impluvios, peristilos, altares domésticos, calidad de pinturas murales y mosaicos señalan posición social y gusto. Cuando empiezas a leer esas decisiones, una casa deja de ser “una casa” y se convierte en un mensaje: quién vivía allí, cómo quería ser visto y qué podía permitirse.
Los mostradores de tienda son una de las mejores pistas de la vida cotidiana. Muchas tabernas y locales abren directamente a la calle y tienen formas de mostrador pensadas para servir y almacenar. Si ves muchos en una misma zona, probablemente estás en un eje comercial y no en una calle puramente residencial. Si lo combinas con el ancho de la vía, puedes intuir dónde se concentraba el tránsito peatonal.
Los grafitis son otro atajo hacia la escala humana. Las paredes conservan inscripciones, burlas y mensajes que recuerdan que la ciudad era ruidosa, competitiva y personal. Aunque no traduzcas cada línea, la ubicación ya dice mucho: las zonas públicas atraen mensajes públicos; las esquinas discretas guardan marcas más privadas. Trátalos como publicaciones rápidas grabadas en yeso, no como “decoración”.
En las viviendas, busca santuarios domésticos (lararia) y comedores dispuestos para enmarcar un jardín o una escena pintada. Eso revela prioridades romanas: culto en casa, exhibición al recibir invitados y una relación muy marcada entre interiores y espacio abierto. Si una sala tiene la mejor pintura pero una entrada estrecha, no es casualidad: es control de acceso, pensado para impresionar a la persona adecuada en el momento adecuado.

Si quieres una ruta con sentido, elige un circuito, no un zigzag. El punto de referencia más útil es la zona del Foro: ayuda a orientarte y explica la estructura cívica de la ciudad. Desde allí, avanzar por calles principales te da una secuencia legible: espacios públicos, tramos comerciales y luego áreas residenciales, donde suele aumentar la riqueza decorativa cerca de algunas domus destacadas.
Lo “imprescindible” suele repetirse porque cada parada explica un aspecto distinto de Pompeya. El Foro y sus edificios cercanos te hablan de política y vida pública. Las termas te muestran ingeniería y rutina social. Una o dos casas principales sirven para entender riqueza privada y estética. Añade al menos un espacio teatral o la zona del anfiteatro para comprender el ocio y la gestión de multitudes en una ciudad romana.
Al elegir casas, busca contraste, no cantidad. Una domus bien conservada puede enseñarte más que cinco visitas rápidas donde solo cruzas umbrales sin entender el plano. Y cuenta con cambios: algunos edificios pueden estar en mantenimiento o con recorrido modificado, así que tu lista debe ser corta y flexible, no un horario rígido.
La Casa del Fauno merece el esfuerzo porque es una lección de arquitectura doméstica de élite y ambición visual. Es lo bastante grande como para sentir la jerarquía de espacios: zonas pensadas para visitantes, patios de transición y áreas más privadas. No corras a por una foto; recórrela como lo haría un anfitrión guiando a un invitado, y el plano empezará a “hablar”.
La Villa de los Misterios (incluida con Pompeii+ en 2026) es una elección fuerte si buscas arte con impacto real. Además, su ubicación fuera de la cuadrícula urbana ayuda a recalibrar la escala: no visitas solo una ciudad, sino también un territorio de villas, caminos y explotaciones que la alimentaban. Si vas justo de tiempo, suele ser un extra más rentable que apretar varias casas menores dentro de las murallas.
Para dosificar energías, usa un ritmo sencillo: un bloque cívico, un bloque doméstico y una parada “gran relato”. Normalmente significa Foro primero, luego una casa principal, y después una villa o el anfiteatro según tu billete y tu cansancio. Verás más si haces pausas planificadas a la sombra, revisas el mapa en puntos fijos y usas las calles principales como ejes de orientación, no como las únicas que merecen ser caminadas.